Un saludo

Bienvenid@ si has decidido invertir un poco de tu tiempo en mirar por mi ventana, porque eso es este sitio, una ventana abierta a la imaginación, una ventana por la que mirar al otro lado, donde puedes ser uno de esos personajes que te hacen olvidar quien eres o dónde estás durante el tiempo que te sumerges en esa historia que es capaz de provocarte mariposas en el estómago. Espero que lo disfrutes.

martes, 11 de mayo de 2010

LA PRIMERA IMPRESIÓN

¿Hay algo más romántico que un cielo estrellado? La foto que ilustra esta historia es el techo de un teatro que hay en mi ciudad. Si os fijais, es la reproducción de un pedacito de nuestro firmamento. Me ha parecido adecuada para poner una imagen a este relato. Por cierto, cualquier parecido con la realidad, puede que no sea una coincidencia.

La primera impresión

Ana salió con precipitación del taxi y corrió a la puerta de Urgencias. Su corazón latía tan rápido y fuerte que parecía golpearle la garganta. Los oídos le palpitaban al mismo ritmo y emitían un pequeño sonido y las piernas amenazaban con dejarla tirada en el primer escalón. A pesar de su temblor, entró como una tromba y se dirigió al mostrador de recepción hablando de manera atropellada.
—Señorita, tranquilícese —la voz de la recepcionista pretendió apaciguarla pero en ella subyacía un tinte de impaciencia— no entiendo lo que dice.
Ana respiró hondo y soltó el aire con brusquedad.
—Marina. Quiero saber qué ha pasado con Marina Salvador.
— ¿Es usted familiar?
La voz impersonal de la chica del control volvió a alterar a la recién llegada.
—Soy su amiga —aclaró de forma escueta.
—Si no es familia, no puedo darle información.
La sangre se agolpó en la cabeza de Ana y su tono subió un poco.
—Soy más que su familia. No tiene a nadie. Soy lo único que tiene.
—Pero…
No la dejó continuar, su paciencia estaba agotada
— ¡Tengo que verla! —gritó. ¡¿Me oye?!
Las puertas batientes, situadas junto al mostrador se abrieron de golpe.
— ¿Qué pasa aquí? —Una voz profunda y autoritaria atrajo la atención de las dos mujeres.
Ana se volvió dispuesta a aclarar lo que ocurría pero las palabras murieron en su boca, que se quedó ligeramente abierta por el asombro. George Clooney la miraba serio, casi enfadado, pidiéndole, en silencio, una explicación para aquel escándalo.
—La señorita quiere ver a una enferma —aclaró la muchacha, que debía estar acostumbrada a la presencia del hombre— pero no es familiar.
Ana reaccionó y se volvió hacia el doctor, macizo, Ross.
—No tiene familia. Ella es “mi” familia.
Él le dirigió una mirada exasperada.
—No hace falta armar tanto alboroto ¿no cree? Tenemos que trabajar.
Ana se dijo que por muy atractivo que fuera, el doctor era un antipático. Quería explicarle lo que Marina suponía para ella y al contrario, que si le pasaba algo, se quedaría sola en el mundo, que no podía permitir… Ya no pudo pensar más. La presión que sentía desde que se había enterado del accidente de su amiga se había unido al miedo y la impotencia. Como consecuencia, sus piernas cedieron al fin y su cerebro dejó de funcionar. Lo último que sintió fueron unos brazos fuertes y seguros que la rodeaban.

Jorge miró con preocupación a la mujer que llevaba en brazos. A pesar de su palidez, tenía un rostro atractivo y sus ojos oscuros le habían impresionado desde el instante en que los había clavado en él. De hecho, había sentido por ella una atracción tan irracional, que le había llevado a tratarla de forma brusca. Ella estaba asustada y preocupada y él se había puesto borde para anular esa atracción y poner distancia. La depositó con cuidado en una camilla y ella se removió.
— ¿George? —murmuró ella en voz casi inaudible.
Él sonrió de medio lado. No era la primera vez que le decían que se parecía al actor y que bromeaban a su costa, precisamente por la interpretación del doctor Ross. Sin duda, la chica también lo había pensado.
Ella abrió los ojos e hizo intención de sentarse en la cama.
— ¡Marina! —gritó como si recordara de golpe.
Él la sujetó por los hombros y la volvió a tumbar sobre la cama.
—Está bien. Solo tiene un tobillo roto y la están atendiendo —la informó esta vez con amabilidad.
La tensión abandonó el cuerpo de Ana dejándolo laxo contra en colchón. Todo había pasado. Su amiga estaba bien.
Miró al doctor y advirtió que éste la observaba de manera extraña. Sus ojos se encontraron y quedaron prendidos en una mirada sorprendida primero y de reconocimiento más tarde. Ella pensó que no le importaría seguir mirándolo durante el resto de su vida y él se dijo que esos ojos oscuros y profundos era lo que quería ver cada mañana cuando se despertara.
Como si fueran un imán y un pedazo de hierro se fueron acercando hasta quedar literalmente pegados. La mano de Jorge delineó con delicadeza los rasgos de Ana produciéndole un ligero hormigueo en las yemas de los dedos. El cuerpo de ella experimentó una ligera sacudida. Todo lo que les rodeaba había desaparecido. El ruido de las máquinas, el busca del compañero, el pitido que indicaba que el corazón del vecino de box aún funcionaba, cualquier cosa que no fueran ellos, había dejado de existir.
El doctor apoyó sus labios sobre los de ella de forma tentativa olvidando por completo cualquier código deontológico que le prohibiera besar a una paciente, al fin y al cabo no lo era. Una luz brillante explotó en su cerebro y su boca se cerró con fiereza sobre la de ella. Las venas de Ana trasportaron el calor por el resto de su cuerpo y su corazón empezó a latir de nuevo a toda prisa, esta vez no por el miedo sino por la pasión. Sus brazos rodearon el cuello de Jorge atrayéndolo con más fuerza sobre ella. Ahora que lo había encontrado, no lo dejaría marchar.
—Me llamo Jorge —susurró él sobre sus labios con una sonrisa.
—Encantada George —sonrió ella a su vez—. Soy Ana.
Algo extraño y maravilloso había sucedido. Ambos lo sabían. Acababan de ser víctimas de lo que siempre se había conocido como “Flechazo”